sábado, 14 de octubre de 2017

Dios nos invita a su banquete



— El Evangelio de este domingo nos habla de que el Señor quiere hacer el bien, pero experimenta dificultades para hacerlo porque hay personas que no quieren acoger lo que generosamente les da: El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda." Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos (Mt 22,2-6).
— Eran célebres los banquetes de la alta sociedad de Jerusalén, para los que se habían ido desarrollando unas estrictas normas de etiqueta. La magnificencia del anfitrión se mostraba por el número de comensales invitados, y por la calidad de la comida ofrecida. Para las ocasiones, se contrataban los más afamados cocineros. Las invitaciones se cursaban en dos fases: quien era invitado esperaba que, ya de entrada, el anfitrión le comunicase el nombre del resto de los que habían sido convidados, y aguardaba, además, a que le fuera reiterada la invitación por medio de mensajeros el mismo día del banquete. Por su parte, sabía que debía ir vestido correctamente y llevar recogidas las mangas amplias del vestido para comer sin dificultad. Fuera de la casa donde se celebraba el banquete se colgaba una tela durante el tiempo en que se recibía a los invitados, y si alguno llegaba tarde la presencia de ese colgante le indicaba que aún podía entrar. Normalmente se esperaba a recogerlo a que se hubiesen servido los tres platos de entrada.
— Dios nos llama a todos a la felicidad de estar con él, simbolizada en ese gran banquete. Nadie se encuentra excluido. Todos son llamados a participar si se aceptan libremente a las exigencias amorosas de Cristo: nacer de nuevo, hacerse como niños, en la sencillez de espíritu; alejar el corazón de todo lo que aparte de Dios. Jesús espera una respuesta con hechos, no sólo con palabras. Y eso supone esfuerzo, porque sólo los que luchan serán merecedores de la herencia eterna.
— El primer problema con el que Dios se encuentra, de ordinario, podemos ser nosotros mismos que, por frivolidad, no nos damos cuenta de la grandeza que se nos ofrece, y jugamos a decir que no, a cambio de pequeñeces que no sacian. Nos quiere dar una vida feliz y tal vez nos excusamos para no acoger su invitación: No lo escuchamos de verdad ni le hacemos caso, sino que nos quedamos en nuestro pequeño mundo. No le damos el tiempo que lleva hacer un poco de oración, visitarlo en el sagrario, rezar unas oraciones, servir a los demás.
— Ahora en estos primeros meses de curso es un buen momento para que nos detengamos a pensar en las cosas importantes de nuestra vida, en lo que realmente no interesa, y nos planteemos acoger la invitación del Señor a conocerlo mejor, a formarnos, a tratarlo como un amigo, a aprender a hacer el bien.
— También en ocasiones, nos sucede que queremos dar un poco más de protagonismo al Señor en nuestras vidas, lo intentamos, pero nos cansamos pronto o nos sale mal. Y en seguida viene el desánimo, el pensar que es demasiado para mí, que no vale la pena que me esfuerce, … tal vez así estaba Santiago junto al Ebro cuando lo visitó la Virgen del Pilar y todo cambió. Pidámosle hoy que esté junto a nosotros y nos infunda el ánimo necesario para ser amigos fieles de Jesús y buenos apóstoles.

sábado, 7 de octubre de 2017

Lo que tenemos es regalo del Señor



— El próximo domingo la primera lectura nos habla de una viña plantada por el Señor: Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña. Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas; construyó en medio una torre y cavó un lagar. Y esperó que diese uvas, pero dio agrazones (Is 5,1-2). Dios nos ha dado mucho para que seamos felices y sirvamos a los demás. Ser agradecidos. Que es poner los medios para dar fruto: ¿qué estoy aportando con mi vida, con mi trabajo, con mi ejemplo, con mi palabra, a la santidad de los demás?
— En el evangelio nos pone un ejemplo que nos hace pensar cómo a veces estamos tan a lo nuestro, que vivimos como si no fuera Él quien nos ha dado todo: –Escuchad otra parábola: Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí.  34 Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos.  35 Pero los labradores agarraron a los siervos y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron (Mt 21,33-35).
— A veces podemos ir por la vida como aquellos labradores que disfrutaban de la viña como si fuera suya, sin tomar en consideración al dueño que les había dado trabajo con el que sacar adelante sus familias. El Señor nos da en la juventud salud y vigor físico, abre grandes ideales, a cada uno le ha dado inteligencia, simpatía, y varios dones particulares (ser bueno en algún deporte, tocar música o cantar, habilidades varias, etc.) y como aquellos labradores podemos olvidarnos de que son dones recibidos del Señor para hacerlos rendir al servicio de Dios y de los demás, y usarlos para nuestro gusto o caprichos, al servicio de nuestra vanidad, egoísmo o sensualidad.
— La parábola de Jesús sigue con tonos cada vez más dramáticos: 36 De nuevo envió a otros siervos, más numerosos que los primeros, pero les hicieron lo mismo.  37 Por último les envió a su hijo, pensando: "A mi hijo lo respetarán". 38 Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: "Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y nos quedaremos con su heredad". 39 Y lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. 40 Cuando venga el amo de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?  41 Le contestaron: -A esos malvados les dará una mala muerte, y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo (Mt 21,36-41).
— Lo contrario del egoísmo, que lleva a la tristeza, es el agradecimiento y la generosidad, que libera de preocupaciones tontas y nos llena de la más profunda alegría. Es lo que nos enseña san Pablo su carta a los Filipenses: Hermanos: Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mi, ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros (Flp 4,6-9).
— En este diálogo personal con el Señor tenemos una oportunidad para abrirle nuestro corazón con sinceridad y ver qué hay en él: para quitar la complacencia en nosotros mismos, el afán egoísta por lo nuestro, y para llenarlo de agradecimiento y buenos propósitos para alcanzar grandes ideales.
— El Señor hizo cosas grandes en la Virgen, porque se complació en su humildad. Pidámosle a Ella esa sencillez que tanto agrada a Dios y nos abre a recibir la abundancia de sus dones.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Hijos de Dios, que trabajan en su viña



— El evangelio de la Misa del próximo domingo nos presenta una parábola de Jesús de la que podemos aprender mucho: 28 "¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: "Hijo, vete hoy a trabajar en la viña". 29 Pero él le contestó: "No quiero". Sin embargo se arrepintió después y fue. 30 Se dirigió entonces al segundo y le dijo lo mismo. Éste le respondió: "Voy, señor"; pero no fue. 31 ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre? -El primero -dijeron ellos. Jesús prosiguió: -En verdad os digo que los publicanos y las meretrices van a estar por delante de vosotros en el Reino de Dios (Mt 21,28-31).
— Para hablar de sus relaciones con los hombres, Dios usa la imagen de un padre con sus hijos. ¡Qué paz y serenidad da saber que no estamos solos sino que tenemos un Padre en los cielos que nos quiere, nos cuida y nos protege! No es un juez vengativo, ni alguien que está a la espera de ver en qué fallamos, sino alguien que nos quiere, nos cuida, nos consuela, nos ama, y está dispuesto a ayudarnos a encontrar el camino de la felicidad. Aunque, como los padres, sepa que a veces nos viene bien un cachete suave que nos haga reaccionar.
— San Josemaría nos recuerda algo que es fundamental en la vida cristiana: Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. –Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado. / Y está como un Padre amoroso –a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos–, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando. / ¡Cuántas veces hemos hecho desarrugar el ceño de nuestros padres diciéndoles, después de una travesura: ¡ya no lo haré más! –Quizá aquel mismo día volvimos a caer de nuevo... Y nuestro padre, con fingida dureza en la voz, la cara seria, nos reprende..., a la par que se enternece su corazón, conocedor de nuestra flaqueza, pensando: pobre chico, ¡qué esfuerzos hace para portarse bien! / Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos (Camino, 267)
— El cristianismo no es una religión de esclavos, sino de hijos. Hijos de Dios y por tanto hermanos de todos los hombres. A todos queremos, nadie nos puede resultar indiferente. Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros como yo os he amado dice Jesús. Amar a los demás es hacernos cargo de su situación y poner todo lo que está a nuestro alcance para ayudar, en lo material y en lo espiritual.
— Hay tanta gente en dificultades en todos lugares del mundo. ¿Quiero vivir de espaldas a tanta gente que me necesita, y que agradece cualquier pequeño detalle que tenga por servir? Jesús enséñame a ser un buen hijo tuyo, a amar como tú, hasta dar la vida si fuera necesario. Pero sobre todo dando cada día lo que podemos: nuestro tiempo de estudio para formarnos bien, nuestra oración, nuestro empeño por ser mejores, …
— El Evangelio nos presenta, recordemos, a dos tipos de personas y dos modos de reaccionar ante una invitación a algo bueno, pero que rompe los planes que uno tenía: –¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña". Él le contestó: "No quiero". Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor". Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre? Contestaron: –El primero (Mt 21,29-30).
— Hay personas como el hermano mayor que al principio parecen entusiastas y dispuestas a todo, les gusta quedar bien y aparentar que hacen algo, pero que a la hora de la verdad no sirven. Se escapan, no aparecen donde se las necesitan, desconectan de las necesidades de los demás para dedicarse sólo a lo suyo.
— También hay otros que tienen su genio, su mal genio, y lo sacan pronto cuando algo no les gusta. Pero son generosas y tienen buen corazón. Saben recapacitar, y cambiar sus decisiones iniciales que eran egoístas, para servir con sencillez y sin protagonismo. No les importa quedar bien sino servir.
— ¿Cómo soy yo? ¿Cómo me gustaría ser? Jesús nos urge a no ser hombres que sólo hablan, sino que se piensan las cosas y toman las decisiones adecuadas.
— Además, podemos estar tranquilos. Somos hijos de Dios, y aunque las cosas no las hagamos bien a la primera, siempre nos comprende y nos perdona. Pero no lo dejemos solo, que nos necesita para hacer el bien a mucha gente en el mundo.
— También somos, de otro modo, hijos de Santa María. A ella le pedimos que, como buena madre, nos eduque y nos enseñe a dominar nuestro carácter y a servir de verdad.